Ciudades de Papel
Migajas que vuelan a través del tiempo guiadas por un viento imperceptible, un velero del aire que va creando surcos y mareas, como fragata solitaria que transita las inexpugnables mejillas libertarias de la existencia. El mar se teñía de rojo con el peso de la fragata, el lastre iba encallando el navío a causa del aumento del peso de una materia gris, que sólo esparcía un sabor agrío de uvas añejas, y sumergía el rostro entre partículas de arena.
Mis recuerdos sólo eran rascacielos que pasaban entre las nubes como ligeros acordes de guitarra, mientras de a poco se desvanecían, se rasgaban mecidos por el trajín de los años. Y ya sólo quedaba la ridícula ilusión de la perennidad, que se plantaba inconforme, desnuda y agresiva ante los atropellos del desgaste. El sudor corría por períodos de desniveles, subidas y bajadas que cual montaña rusa se hallaban tatuadas en la piel. Tantas empresas, aventuras despobladas que me cauterizaban el cuerpo y me tranquilizaban con algodones de aluminio.
Cuanta vida por delante, me decía a mí mismo, y se me pasaba construyendo ciudades de papel no más reales que mis propios sueños. Avioncitos volaban a lo largo del cielo, pequeños cisnes flotaban en el mar, las personas se comunicaban con pequeñas notas en sus pantallas de papel. Todo parecía blanco, entre líneas de ecuadores y meridianos. Una cuadrícula espacial que se arrugaba en los bordes y se prensaba entre páginas, mas al final, cada ápice se oxidaba y se permutaba.
Un grito de esperanza, un salto de libertad, que daba entrada a la única opción que al círculo entrecierra. Sólo quedaba desistir y flotar entre ciudades de papel que sin árboles quedarían.
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Rasgando el papel
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