Trastabillando
Con el tiempo lo noté, como un rastro de incienso en el aire de una inmensa sala. Era evidente, como las esquinas que juntan los muros evanescentes, y se puede decir que casi ilusorias, hasta que se convierten en el único rasgo visible de tu liviana y flotante existencia.
Yo quería convertir un aroma en texto, transmitir un sabor en cada capítulo y tener el poder de hurgar en la mente ajena como al revolver un café con dos cucharadas de azúcar. Buscaba entender el mundo, hablar las lenguas de otros, porque el entendimiento está más cerca del cielo que la ignorancia. Quería tantas cosas que ni sabía que querer.
Pasaba las tardes escribiendo, produciendo párrafos, exprimiendo pensamientos y completando páginas como si las ideas me bailaran. Era natural en mí, una vaga casualidad, u odiosa e innecesaria estadística que me definía como un escritor. Como un sujeto que hablaba de miles temas sin dificultad o incomodidad, que se paseaba entre los rincones más oscuros y arrastraba las plantas de sus pies por los pasillos más crueles de la intachable realidad, mas no por eso representaba una proeza plasmar las más poéticas palabras de amor y romanticismo sobre un pliego de papel, sin sentir una sola cosa de lo que allí se marcaba.
Contrario a las muchas veces que he visto personas vaciando su alma, convirtiéndose en fuentes de lágrimas, muros de lamentos e inconsolables almas en pena. Yo me sentaba cada día a vaciar la mía, y darme cuenta que nada había, que no era más que un camaleón sin estados fijos, cuyo único estado era cambiar de color. El mundo se había vuelto una falsa expresión de libertad, cuando realmente siempre fue un molde casi esférico del que si escapabas, miles de reflectores te iluminaban y te lanzaban de vuelta a la prisión.
No dejaba de ser increíble el hecho de que al comentar ideas como éstas, miles de comentarios y diatribas eran expelidas hacia mí. Más no por eso me desanimaba, ya era costumbre levantarme cada mañana y cambiar de color... Y con eso, los fantasmas se desvanecían.
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Atemporal
Ficar Viajando
Rasgando el papel
Yo quería convertir un aroma en texto, transmitir un sabor en cada capítulo y tener el poder de hurgar en la mente ajena como al revolver un café con dos cucharadas de azúcar. Buscaba entender el mundo, hablar las lenguas de otros, porque el entendimiento está más cerca del cielo que la ignorancia. Quería tantas cosas que ni sabía que querer.
Pasaba las tardes escribiendo, produciendo párrafos, exprimiendo pensamientos y completando páginas como si las ideas me bailaran. Era natural en mí, una vaga casualidad, u odiosa e innecesaria estadística que me definía como un escritor. Como un sujeto que hablaba de miles temas sin dificultad o incomodidad, que se paseaba entre los rincones más oscuros y arrastraba las plantas de sus pies por los pasillos más crueles de la intachable realidad, mas no por eso representaba una proeza plasmar las más poéticas palabras de amor y romanticismo sobre un pliego de papel, sin sentir una sola cosa de lo que allí se marcaba.
Contrario a las muchas veces que he visto personas vaciando su alma, convirtiéndose en fuentes de lágrimas, muros de lamentos e inconsolables almas en pena. Yo me sentaba cada día a vaciar la mía, y darme cuenta que nada había, que no era más que un camaleón sin estados fijos, cuyo único estado era cambiar de color. El mundo se había vuelto una falsa expresión de libertad, cuando realmente siempre fue un molde casi esférico del que si escapabas, miles de reflectores te iluminaban y te lanzaban de vuelta a la prisión.
No dejaba de ser increíble el hecho de que al comentar ideas como éstas, miles de comentarios y diatribas eran expelidas hacia mí. Más no por eso me desanimaba, ya era costumbre levantarme cada mañana y cambiar de color... Y con eso, los fantasmas se desvanecían.
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