Capítulo II


Dos meses antes de la avalancha, mucho antes que siquiera llegase a respirarse el olor de los gases lacrimógenos y que la calle se acicalase con colores rojo sangre, la calurosa atmósfera del país se tornaba cada vez más tensa y compleja. Aquella fue la tarde en que el Secretario General del Partido Demócrata, Santiago Mujica, dio un discurso en la Plaza Monumental que resucitó el sentimiento patriótico y la esperanza perdida por tantos.

Les tengo que agradecer infinitamente...Soy un paisano medio atravesado, y el único mérito que tengo es ser un poco vasco, terco, duro, seguidor, y por tanto perseverante. Pero no soy ningún fenómeno, en realidad no tengo vocación de héroe, sin embargo tengo un fuego dentro. Me retoba la injusticia social, la diferencia de clases, el problema es que muchos no entienden lo que para algunos de nosotros es evidente. Yo creo que el hombre es un mono raro que no puede vivir solo, necesita de los demás y eso está en su disco duro, necesita de la sociedad, se de cuenta o no. Pero la historia, el devenir, ese diez por ciento de la historia del hombre arriba de la tierra, no el noventa por ciento, es responsable de nuestra civilización, que nos dio cosas hermosas. Al fin y al cabo en este siglo vivimos cuarenta años más que lo que vivían en promedio hace cien años, al fin y al cabo, yo sé que hay hambre, pero hay el doble de población, y el doble de cantidad de alimento. ¡Lástima!, que tiramos casi el treinta por ciento de la comida que producimos, ni siquiera se la damos a los perros, mucho menos se la damos a la gente pobre.

Esas son las contradicciones de nuestra civilización, desnuda, clara, agresiva. Nunca el hombre tuvo tanto como hoy, nunca tanto conocimiento, y no me canso de repetir la cuenta de los millones de dólares que por minuto se gastan en el mundo en presupuesto militar. Decir que no hay plata en este mundo para un gigantesco plan marcha, que recorra toda la tierra en favor de la gente pobre, para integrar a la vida humana los millones de personas pobres; decirme que no hay recursos, es no tener vergüenza. Porque al fin y al cabo, es cortar el tocino un poco más grueso en favor de los más débiles, porque la política es elegir decisiones que favorecen a uno y pueden perjudicar a otro, estás con la mayoría o estás con la minoría, y no se puede ser neutral, hay que tomar partido. 

Yo pienso que hay una cosa más importante que la justicia, a muchos de nosotros nos quisieron formar en un mundo que era un valle de lágrimas y había que luchar para llegar a un paraíso, pero es ésta vida la que hay que pelear, para que la gente viva mejor, y no tiene término medio. Lo que tiene sentido es pensar, porque hay mucha gente joven, y si eres joven, tienes que saber esto: ¡La vida se te escapa!, y se te va minuto a minuto, y no puedes ir al supermercado a comprar vida, entonces ¡lucha por vivirla!

La vida es lo único que tiene sentido, protegerla y darle sentido, llenarla de contenido. La diferencia de la vida humana a las otras formas de vida, es que tu le puedes dar hasta cierto punto una orientación. No eres un vegetal y vives porque naciste, después de haber nacido puedes dar un contenido, ¿O no?. Puedes imaginar que tu vida te la compre el mercado, y te pasas todos tus años pagando tarjetas y comprando cacharros, vas hacia adelante y después estás viejo como yo, todo lleno de reumatismos, te pegaste y ¿Que hiciste en este mundo?. 

Pero si tuviste un sueño, y peleaste por una esperanza, e intentaste transmitírselo a los que quedan, tal vez quede un pequeño aliento rodando en las colinas, en los mares, un pálido recuerdo que vale más que un monumento, que un libro, o que una poesía. La esperanza humana que se va extendiendo en las nuevas generaciones, como una pequeña llama que se convertirá en una pira que transformará cada nación de éste mundo. 

Luego de la euforia que nos causó ese discurso, luego de cubrirnos de esperanza e imaginar la gloria, después de cientos de manifestaciones pacíficas, y sobretodo, de tantos días de lucha, entenderíamos que en estas cuatro paredes quedaba poco espacio para poetas, que la palabra era una lanza que buscaba ser borrada rápidamente. 

Los tiempos de tristeza empezaban a degustarse con la desaparición de cientos de estrellas como Mujica. Con el paso de las semanas, el cielo empezó a verse más oscuro y ensombrecido, la ciudad se veía en escala de grises.


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