El niño que se enamoró de África
África creció con la supuesta cualidad de ser independiente, acostumbrada a que se le ignorara o se le hiciera daño, a catalogar dicho trato como algo que, por la naturaleza del mundo, ella merecía. Muy pequeña, hermosa, con ojos verdes tatuados en su cara, y un cuerpo lleno de cicatrices a pesar de su corta edad.
El niño que se enamoró de África la encontró rodeada de un entorno árido y cáustico. Un ambiente desértico que extinguía la vida, que para sus ojos no eran más que calamidades y maltratos que debían terminarse. Ella era como un castillo lleno de tesoros en el interior, pero rodeado de fosos y puentes levadizos en el exterior.
Tenía ella la capacidad de alejar a turistas y locales, por lo que nadie se asombraba de que una nueva víctima se alejara de sus costas.
Desde muy pequeño, tuvo la chispa de pertenecer a sus confines. Amaba sus heridas, tocaba sus injusticias y besaba sus dolores. Incluso sonreía de aquellos que se alejaban de ella, y de las propias heridas que a ella le propinaba a diario. Pero sólo quería hacerla sanar, y ofrecerle lo que de ahora en adelante sería su más arduo trabajo, resucitarla y verla elevarse más allá del cielo.
Lo intentamos, vivimos para intentarlo y morimos haciendolo, pero ella no ha podido cambiar, sigue plagada de injusticias, heridas y muerte... Y ella sigue aceptando que eso le corresponde. Esperemos ver el día de su renacimiento, mientras que se alejan de sus costas y otros permanecen. Dios haga volver a los que se fueron, y le de fuerza a los que se quedan. Sólo con el tiempo, el amor será capaz de cambiarla.
"Está bien que tu corazón esté roto, significa que intentaste algo importante".
Lea más en:


Comentarios
Publicar un comentario