Origen
Sentado, buscando que contemplar en la distancia de la ineludible noche, que con su brisa eriza el vello de los brazos. Fue uno de esos días, de serenidad y calma tales que... por un poco menos de un segundo, tan satisfecho se sentía, y tan desconectado del vaivén de las cosas estaba, que pensó que era el momento perfecto para morir. Tan sólo ese instante, en el que se vio a si mismo orbitando lejano a su cuerpo, imaginó como sería ese evento.
El movimiento de las ramas de los árboles le dilató más aún las pupilas, lo transformó e hizo que olvidara el pasado, el presente, y todo rastro de tiempo, si es que en algún momento hubo semejante cosa. El humo del cigarrillo que recién encendía jugaba con el viento, a trompicones buscaban dominarse. Ojalá fuera cierto eso, y no que la sombra del viento haya traído consigo recuerdos que nunca debieron tocar puerto. Él ya estaba acostumbrado a semejantes visitas, a similares arribos. Tanto es así que ya no intentaba cerrarles la puerta, o buscar un arma para defenderse, sólo dejaba abierta dicha entrada.
Decían que no hay hombres tan fuertes que no se quiebren bajo tortura... el error de dicha suposición, era suponer que este era un hombre, pensar siquiera que el dolor le afectaba. Muchos lo envidiaban por eso, y todos saben que de la envidia al odio sólo hay unos cuantos ajustes. Otros lo miraban pensando que él creía estar en otro estrato social, o que se consideraba a si mismo como raza superior, pero pocos sabían el costo de habitar esa piel rasgada. Detrás de esa piel hay un cóctel de combustibles buscando arder.
Esa misma piel que el viento buscaba enfriar esa noche, sin saber que perdía su tiempo.
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Rasgando el papel
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