Vermelhas


En la distancia se hallaba, en el punto más lejano y al oeste, este enorme edificio que el sol tocaba con su manto. Caminé por las calles de la ciudad para encontrarlo, poder tocar su estructura que de lejos se veía imponente y opulenta, marcada por destellos de luces con contrastes de sombras.

Navegué y navegué, hasta que en su sombra encontré el amanecer de un ocaso. Las líneas de los años tatuadas, tantos golpes, tantas garras que sobre él se posaron, como pequeños demonios alados que en los bordes, su territorio marcaban. El elefante blanco que deshabitado y lleno de tristeza se erguía ante mi, se deshacía y llenaba el aire de partículas de polvo, como al soplar un puñado de tierra. 

Cuando entrabas, podías ver cenizas en el suelo, destrozos, montañas de tierra, todo tenía aspecto ruinoso y estaba marcado por el paso de las noches. Como un trasto usado y que luego apartan para más nunca ver. Un sitio inhóspito, solitario, y tan silencioso que no mostraba signos de vida. 

Las escaleras me transportaban desde el subsuelo en el que me encontraba, riendo al dar cada paso, hasta que me veía hundiéndome en la gloria de lo que se encontraba a mi alrededor. Cada piso tenía un efecto laxante para el alma, te parabas y tosías, expulsando la sangre joven que te corre por las venas. Tal vez sólo fuese el polvo que se pegaba a los pulmones y desgarraba todo a su paso, sólo sé que se sentía como una pesadilla sin fin, pero algo mantenía a mis piernas en movimiento. 

Fui ascendiendo, sin observar ningún cambio en la tenue atmósfera que marcaba mis labios e irritaba mis ojos. Hasta que finalmente, en el último piso, entre hileras de agua y óxido, encontré debajo de un madero podrido a una pequeña y solitaria flor en busca de luz. Probablemente no todas lo logren, muchas morirán en el camino, a manos del polvo, del óxido, toda esta pesadilla pútrida en que se ven envueltas, pero siempre existirá quien de las cenizas florezca.


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