Shattered Bottle
Se repiten los puentes de Madison, con fotos adjuntas en sobres llenos de cartas. Aparecen como con treinta años de desfase, con una Francesca más tenue y un Robert más pernicioso que no toma fotos sino que pincha con historias. Adicionalmente, el campo es más frío y las azaleas sólo crecen bajo el Puente Roseman.
Así soñaba despierto el otro día, sueños color pastel con marcas de acuarelas, pero con el borde manchado de tiza negra. Cuando menos lo imaginaba el papel sacudía sus transparencias y se pintaban sólidas nubes. ¿Será que es un sueño o es realidad? Pellízcame.
Las nubes nacían, crecían, y seguían creciendo hasta que se convertían en lloronas sentimentales, o se graduaban de fotógrafas ruidosas. Yo no sé si sus lágrimas me harán llorar, sólo sé que sus fotos jamás se revelarán.
― ¿Estás de coña? ¡Eres la leche! ― decía la española sentada a mi lado ―. Que no se te apaguen los ojos y que las piernas no se te cansen, resiste la lluvia, que las fotos se revelan en cuartos rojos como sangre. Lee El Elefante Sumiso y pasa la página.
― Pero... ¿Cómo? ― pensaba para mis adentros ―.
Se detuvo y exhaló un suspiro:
―Sostienes fuerte con la derecha y con la mano izquierda agarras la página derecha y doblas. ¡No te rayes, que capaz hasta hay ciegos que lo hacen!
Así fue como Madison se convirtió en poco más que lluvia que cae por la tarde, mientras a Francesca le faltan bríos para salirse del carro, y te apuesto que llegada la hora... ni pudiera romper una botella para engullir la rabia.
Así soñaba despierto el otro día, sueños color pastel con marcas de acuarelas, pero con el borde manchado de tiza negra. Cuando menos lo imaginaba el papel sacudía sus transparencias y se pintaban sólidas nubes. ¿Será que es un sueño o es realidad? Pellízcame.
Las nubes nacían, crecían, y seguían creciendo hasta que se convertían en lloronas sentimentales, o se graduaban de fotógrafas ruidosas. Yo no sé si sus lágrimas me harán llorar, sólo sé que sus fotos jamás se revelarán.
― ¿Estás de coña? ¡Eres la leche! ― decía la española sentada a mi lado ―. Que no se te apaguen los ojos y que las piernas no se te cansen, resiste la lluvia, que las fotos se revelan en cuartos rojos como sangre. Lee El Elefante Sumiso y pasa la página.
― Pero... ¿Cómo? ― pensaba para mis adentros ―.
Se detuvo y exhaló un suspiro:
―Sostienes fuerte con la derecha y con la mano izquierda agarras la página derecha y doblas. ¡No te rayes, que capaz hasta hay ciegos que lo hacen!
Así fue como Madison se convirtió en poco más que lluvia que cae por la tarde, mientras a Francesca le faltan bríos para salirse del carro, y te apuesto que llegada la hora... ni pudiera romper una botella para engullir la rabia.
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