Garza

Triste es la noche para aquel que espera, retorciéndose tras gélidas brisas, con el sonido de olas que tropiezan en montañas de arena blanca. Fogatas de luz se encienden en medio de círculos de indiferencia, y paraguas se abren para esquivar las cascadas de agua.

Reclinada sobre una palmera, allí se halla la negra garza que plumas desprende, callada mirando la luna, vistiendo un vestido de perlas, con su lúgubre presencia que hechiza la noche, cuando con sus manos recorre cada una de las cuentas que a su armadura componen. 

Perlas que gotean sangre, espinas de rosas que sólo ella sabe cuanto esfuerzo le han costado. Las mueve entre sus dedos con ademán triste y movimientos lentos. Su boca tiene ansias de parir palabras, pero se contiene, no vale la pena, el esfuerzo es tan grande que no lo vale... es mejor mantener dentro a la mariposa que dando vueltas en el estómago va, posándose de órgano en órgano, como si de hojas y ramas se tratasen.

No es una labor sencilla, transita la piel, la desbarata y luego la engulle. En este momento se va extendiendo como un cáncer, tal sinfonía melancólica, que se descubre entre agudos y graves cuando en la garganta se esconde. Pesaroso final, un alarido que va in crescendo a la distancia. Hasta la muerte llora la ida de la triste garza, caminando por la oscura playa, dejando huellas color ocre y rastros de plumas negras durante el último graznido que anuncia el adiós.


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