Tango

Ella era todo lo que estaba en mi mente, todo lo que la ocupaba. Como brisa que zigzagueaba al campo, como cuatro estaciones que dejaban su marca. 

Un café yace en la mesa, en este espacio oscuro, febril y de mala muerte. Incluso si yo fuese ciego, vería la mala pinta de este hueco llamado bar. 
En la barra se encuentran las mismas almas en pena de siempre, el grupo de miserables que se desquitan con el barman, cuando éste no accede a venderles más licor. ¿Por qué me encuentro aquí? Ni yo mismo conozco ya la respuesta a esa pregunta, quizás sea masoquismo, o el hecho de no tener a donde más ir. 

El tango aligera el ambiente, le hace el amor a mis sentidos, cada sonido, cada cambio y cada ritmo entra por mis oídos como haciéndole caricias a mi cuerpo. El tango me distrae pero no me impide verla... con su vestido negro, tacones altos, contoneándose con su caminar flamenco, y destilando humo por los poros.

Me arroja el humo en la cara al pasar, huele a incienso, y a veces, sólo a veces, huele a desinterés. Es una ruleta rusa creada por mi propia mente, influenciada directamente por el número de tragos que llevo encima. Siento que amo a esa mujer que pasa a mi lado con indiferencia, con ese ademán colmado de carácter. Es de esas mujeres que son indomables, de esas de las que nadie se enamora por el material del que están hechas, es de esas mujeres que se aprende a amar. 

Sé que muchos han sucumbido ante semejantes mujeres, eso es evidente. Pero mientras mi espíritu, no se doblegue y siga habiendo ron... me seguiré diciendo: "He visto muchos amores morir, pero no he visto a nadie morir de amor. ¡Salud!".


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