Dejar ir
Desde que era muy pequeño, mi papá tenía como tradición regalarme un globo en mi cumpleaños. Nunca supe el significado de dicha tradición, y estoy seguro que nadie lo sabía, sólo fue uno de esos extraños eventos que se convierten en hábito.
El globo siempre era distinto, cada vez era de un color diferente, blanco, negro, rojo, amarillo, todos los colores los había tenido. El cordón que lo sostenía también era diferente, cintas, cuerdas, y demás. Incluso la forma del globo llegó a cambiar, corazones, esferas, e incluso figuras.
Por alguna extraña razón, siempre me sentía emocionado por recibir el globo del correspondiente año. Imaginaba su color, su figura, su belleza, y una vez recibido, me aseguraba de que estuviese bien resguardado, que no lo tocara nadie y que no se expusiera al sol. Como pueden adivinar, con el tiempo, el globo poco a poco perdía el helio y se marchitaba, ocasionándome una gran tristeza. Mis padres intentaban decirme que ya tendría un nuevo globo el próximo año, pero como es previsible, mi obstinación no aceptaba tales palabras y mi tristeza permanecía intacta por días, inclusive semanas.
Al mirar en retrospectiva, mi padre me enseñó una lección que sólo logré entender ya cuando era un adulto. Fue en el cumpleaños número catorce, el día en que como cualquier otro cumpleaños, me desperté con emoción y mucho ánimo para recibir mis regalos, pero sobretodo, recibir el globo de ese año. Precisamente en esa fecha recibí un globo espectacular, tenía una cinta como cordón, era rojo brillante y tenía destellos como de pequeñas estrellas en toda su superficie. Jamás había visto un globo tan hermoso, y me dediqué con más empeño a cuidarlo, lo protegí como ningún otro globo, e incluso fui hasta el centro comercial a que lo llenaran de helio de nuevo. Pero justo cuando iba corriendo a casa, tropecé y solté mi globo. Entre lágrimas y sollozos, lo vi volar y llegar hasta las nubes. Mi corazón estaba destrozado y le conté todo a papá. Lo que el me dijo en aquel momento, sólo logró hacerme sentir más triste y más incomprendido. Dijo que:
"En el mundo existen muchos objetos hermosos que merecen nuestro amor y cuidado, pero muchos de ellos, por su propia naturaleza, tienden a morir más rápidamente que otros. Nosotros siempre queremos lo eterno, lo constante, algo que nunca cambie, y no entendemos que el mismo cambio es lo que hace que amemos tanto a esos objetos, que los apreciemos tanto. No te concentres en mantener algo vivo si ya está muriendo, disfruta cada momento y piensa en vivir cada instante lo más intensamente posible".
Dicha lección la he aplicado a muchas cosas en mi vida, tanto objetos materiales, como a mis relaciones con las personas. Tantas veces me he visto a mi mismo desesperado y combativo, queriendo mantener en pie algo que por naturaleza sólo se derrumba. Trato de vivir, de ahora en adelante, aceptando cada globo, cuidando de él y viendo su belleza, dando todo mi amor hacia el, todo mi esfuerzo, y cuando empieza a morir... me lleno de tristeza y aprendo a decir adiós.


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