La Voz
La voz era más poderosa que todos ellos, llenando rincones, atravesando surcos y conquistando espacios. Dicen que la voz se paseaba por el oído de hombres atormentados, melancólicos, moribundos, y ebrios.
Sujetos cuya fortaleza estaba en duda cuando se hallaban en valles desolados, desesperados por la gravedad de sus problemas, alienados por la súbita venida de cuervos negros.
Durante mi niñez, tuve la desgracia de conocer a semejantes víctimas. Sin embargo, en aquel entonces más que un percance fue una sospecha para mi, la existencia de la voz. Muy sabio y soberbio para apuntar apuntar con el dedo, muy altivo al emitir juicios sobre fenómenos que no conocía.
Crecí olvidándome de esa vieja leyenda, pretendiendo que no me asustaba lo más mínimo... hasta que tocó mi puerta aquel invierno. Todavía lo recuerdo, como en un momento todo se apagó... el gris, negro se había vuelto, y el blanco ya no brillaba.
Empecé a escucharla esa noche con mucha intensidad, como si se hubiese pegado a mi oído, o como esos olores que sientes que nunca se esfuman. Era exasperante, no tener manera de librarse de ella, y no pocas cosas intenté para devolver a tal demonio de vuelta al infierno.
De a poco, como alma vieja y cansada me adapté a su presencia, a su característica manera de ser un ruido, un susurro que no escuchas, hasta que sin avisos alguien sube el volumen y se convierte en todo lo que oyes, y nunca se deja de oír. No sabes cuantas veces pensé en matarla, pero estaba tan apegada a mi, que de seguro me hubiese arrastrado con ella.
Así fueron pasando los años, mientras los niños se burlaban de que yo les advirtiera de la voz. Tan sólo esperaba que la voz no los encontrara a ellos como me encontró a mi.
La voz está rondando, buscando nuevas víctimas, no hay escapatoria... Pronto estará aquí.
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